Por Carlos M. Calamendi
Con el amanecer por testigo, se unió para siempre en bodas de sangre José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, a la Tierra de España a la que tanto amó. No faltaron en la celebración de tan sonado enlace quienes, colándose sin invitación, y alegando venir en nombre del uno o del de la otra, hicieron del acto su fiesta particular a costa de los demás. Su entrañable embriaguez floreció en discursos y vítores, nombres de calles, placas, y estatuas.
Pero su embriaguez dio paso a su resaca, al abandono y la ruina cebándose en la piedra, la ruptura desde la reforma, el desmantelamiento paulatino, las pintadas y destrozos, la “memoria histórica” y la damnatio memoriae.
Se lo han llevado todo, pero ¡No importa!
