Actualidad

Conoce la actualidad de Falange Auténtica

  • Consideramos que el problema de la vivienda en España no es meramente coyuntural, sino un fallo estructural del sistema que desprotege a las familias y a los jóvenes frente a las dinámicas del mercado libre [1].
  • Los datos oficiales del Catastro (2025) confirman que el 93 % del parque residencial está en manos de particulares, desmontando el mito de que el problema reside únicamente en los grandes fondos [1].
  • Falange Auténtica exige la intervención del suelo público a precio justo, licitaciones privadas con beneficio limitado y la calificación de protección permanente para blindar el patrimonio social de los españoles [1].

 

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Falange Auténtica participó este sábado en la 2ª Marcha por la Dignidad en Defensa de España, convocada en Madrid por Sociedad Civil Española. La columna partió a las 10:00 horas de la plaza de Cibeles y recorrió las calles de Alcalá, Gran Vía y Princesa hasta culminar en el Arco de la Victoria, en Moncloa.

La delegación de Falange Auténtica contó con la presencia de nuestro secretario general, Antonio Pérez Bencomo, junto a una representación de militantes y simpatizantes en la que portamos una pancarta con una consigna clara y rotunda: DEFENDAMOS ESPAÑA. UNIDAD. INTEGRIDAD. SOBERANÍA.

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El 3 de septiembre Falange Auténtica estuvo presente en las concentraciones convocadas en toda España en apoyo a Ceuta. No fue un gesto simbólico ni una foto de ocasión: se trataba de estar junto a unos compatriotas a los que el Gobierno ha dejado vendidos y de afirmar, sin ambajes, que la unidad nacional no se negocia cuando un Estado extranjero la pone a prueba.

En Alicante, nuestros militantes se sumaron a una movilización de más de 18.000 personas. Allí se recordó lo evidente, aquello que Moncloa se resiste a sostener con hechos: Ceuta y Melilla son España y, ante una agresión marroquí, se defienden. La misma firmeza se vivió en Madrid, Santa Cruz de Tenerife, Sevilla, Las Palmas de Gran Canaria y Ciudad Real. Había banderas, rabia contenida y una certeza compartida: abandonar una ciudad española es abrir la puerta al abandono de todo el país.

Esa misma exigencia resonó en municipios que no abren telediarios, pero que importan exactamente igual. En Guareña, Don Benito, Alfaro, Segorbe... estuvimos donde correspondía: junto a vecinos que no necesitan un gabinete de comunicación para comprender que Ceuta nos afecta a todos. La españolidad de una tierra no se mide por su tamaño ni por su distancia a la Península; depende de la voluntad firme de defenderla.

El sentido de aquella jornada fue claro: resistir juntos es hoy lo prioritario. Las víctimas de esta crisis no son quienes irrumpieron violentamente en la ciudad, sino los ceutíes, que han visto alterada su vida cotidiana mientras el Ejecutivo se limitaba a hablar de gestión y a mirar hacia Rabat. Por eso no acudimos a pedir un tibio gesto diplomático, sino a exigir fronteras seguras, lealtad institucional y un Estado que no convierta la soberanía nacional en moneda de cambio.

A quienes gobernáis: Ceuta y Melilla son España. Quien las deja caer no está gestionando una crisis; está traicionando a la Nación.

En los últimos años, hemos asistido a una degradación preocupante del debate público. Cualquier movimiento que cuestiona el statu quo, que pide orden frente al caos, que defiende las raíces culturales de Occidente o que critica el relativismo imperante, es automáticamente etiquetado como "nazi", "fascista" o "ultraderechista". Esa banalización del término no sólo es un fraude intelectual, sino un insulto a las víctimas reales del Holocausto.

Pero también es cierto que algunos movimientos, al reaccionar contra ese desorden, caen en la tentación de construir su identidad contra alguien: contra el inmigrante, contra el disidente, contra el que piensa distinto. Y así, sin quererlo, repiten el mismo mecanismo excluyente que dicen combatir.

La clave no está en etiquetas, sino en un principio anterior a toda ideología: la dignidad de la persona humana.

 

La persona no es un medio

Para quien cree en valores eternos y universales —y yo, como cristiano, español y falangista, los reconozco en la tradición clásica, en el mensaje evangélico y en la doctrina social de la Iglesia—, el ser humano no es un engranaje de clase, una función biológica, un consumidor ni una identidad fluctuante. Es persona, con una naturaleza y un destino trascendente.

Desde esa mirada, resultan igualmente condenables:

  • El nazismo, por reducir al hombre a raza pura y sangre impura.
  • El comunismo real, por reducirlo a instrumento de la revolución.
  • El capitalismo deshumanizado, por reducirlo a mano de obra y cliente.
  • El relativismo posmoderno, por disolver la verdad y convertir la dignidad en una opinión.

 

Todos ellos, desde orígenes distintos, coinciden en negar que el ser humano tenga un valor en sí mismo, independiente del Estado, del mercado o de la tribu.

 

Inmigración: ni odio ni buenismo pueril

Aquí quiero ser especialmente claro, porque es el terreno donde más se confunde la legítima defensa del orden con la xenofobia, y la falsa compasión con la irresponsabilidad.

Tratar con dignidad a la persona que entra ilegalmente en una nación no significa abrirle las puertas sin criterio. La dignidad exige no humillar, no maltratar, no devolver a quien huye de la muerte sin evaluar su caso. Pero también exige no mentirle: no prometerle un futuro que no podemos ofrecerle sin hundir a los nuestros.

Porque existen límites humanos evidentes:

Límites de recursos. Los recursos de un pueblo —agua, vivienda, sanidad, educación, empleo— son limitados, como lo son los de cada familia. Pretender que pueden estirarse hasta el infinito es un ejercicio de irrealidad que termina empobreciendo a los más vulnerables de la sociedad receptora, que son los primeros que compiten con el recién llegado por el trabajo y la vivienda.

  1. Capacidad social de absorción. La convivencia no es un cálculo matemático; es un tejido de confianza, costumbres, lenguaje y valores compartidos. Cuando ese tejido se satura, se rompe. Desconocer u obviar ese umbral no es progresismo, es conducir a las sociedades al conflicto, y los primeros perjudicados son los propios inmigrantes, que se ven abocados a la marginalidad y al rechazo.
  2. El mundo se mejora mejorando el mundo entero. No se ayuda al subdesarrollado trayéndolo a casa de forma masiva; se le ayuda mejorando su casa. Eso implica cooperación al desarrollo, inversión productiva, lucha contra las dictaduras que expulsan a sus pueblos y, sobre todo, no perpetuar un sistema económico que expolia el Sur para enriquecer el Norte. Pero no se puede pretender que las sociedades desarrolladas asuman, sin límite, el fracaso de otras culturas que, a pesar de décadas de ayudas, no han logrado generar ni libertad ni bienestar para sus propios ciudadanos.

 

No es odio decir esto. Es realismo, responsabilidad y caridad bien entendida. La caridad no consiste en ahogar al que nada para salvar al que se ahoga; consiste en enseñar a nadar a ambos.

 

El desplome de la cooperación española (2009-2024)

La cooperación al desarrollo ha sido una de las grandes olvidadas en las últimas dos décadas. En 2009, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) española alcanzó su máximo histórico: el 0,46% del PIB, acercándose al compromiso internacional del 0,7%. Pero la crisis económica lo cambió todo.

El desplome fue brutal:

  • En 2012, el desembolso real de AOD retrocedió un 47% respecto al año anterior.
  • En 2015, la AOD se desplomó hasta el 0,12% del PIB, la cifra más baja de la historia reciente.
  • Entre 2008 y 2018, los fondos para ayuda al desarrollo cayeron casi a la mitad: de 4.760 millones a 2.449 millones de euros.
  • La cooperación en educación se redujo un 90% en esa misma década.
  • En 2020, la AOD apenas llegó al 0,23%, la mitad del porcentaje que se destinaba en 2009.

 

España pasó de ocupar el puesto 7 entre los países donantes en 2009 al puesto 16 en 2018. En la última década, España redujo su ayuda al desarrollo cinco veces más que cualquier otro país miembro del CAD de la OCDE.

Sí, en 2024 la AOD ha crecido un 12% superando los 4.000 millones, pero partimos de un nivel tan bajo que la recuperación sigue siendo insuficiente. Si de verdad queremos "mejorar el mundo mejorando el mundo entero", no podemos recortar hasta la irrelevancia los recursos que permiten a los países menos desarrollados construir su propio futuro. La cooperación no es un gasto: es una inversión en estabilidad global.

 

La Falange en la que milito

Yo no milito en una Falange nostálgica o revanchista. Milito en aquella que, en sus primeros años, propuso una revolución nacional-sindicalista como alternativa al capitalismo liberal y al marxismo ateo. Una revolución que ponía al trabajador en el centro, que defendía la propiedad privada con función social, que rechazaba la lucha de clases pero también la explotación del hombre por el hombre.

Esa Falange, la de José Antonio Primo de Rivera, no era racista ni antisemita. Al contrario, supo ver en la Hispanidad un puente entre pueblos, no una muralla. Supo entender que la grandeza de España no está en cerrarse, sino en integrar desde la verdad y desde la justicia.

Por eso, cuando hoy algunos pretenden disfrazar de "orden nacional" lo que es simple xenofobia o autoritarismo sin alma, yo me aparto. Porque el orden sin justicia es opresión, y la nación sin caridad es una jaula.

 

El orden no es opresión, pero sin verdad es tiranía

Es cierto: el mundo desarrollado ha avanzado gracias al orden, al trabajo, a la familia, a la ley y a la transmisión de una herencia cultural. Ese orden no es casualidad: es fruto de siglos de civilización cristiana y occidental. Abandonarlo en nombre de una apertura sin criterio o de una deconstrucción perpetua no es progreso, sino disolución.

Pero también es cierto que el orden no puede ser un fin en sí mismo. Un orden que se construye contra el extranjero, contra el pobre, contra el que no piensa como nosotros, se vuelve opresor. Y entonces deja de ser orden justo para convertirse en tiranía disfrazada de seguridad.

El gran desafío del falangismo en el Siglo XXI es este: construir un orden con alma, no un orden con hierro. Un orden que respete la ley natural, pero que no cierre la puerta a quien sufre. Un orden que defienda la familia, pero que no condene al que fracasa. Un orden que honre la historia de España, pero sin borrar sus sombras.

 

La tentación del chivo expiatorio

Uno de los mecanismos más antiguos y perversos de la política es buscar un culpable único de los males colectivos. El nazismo lo hizo con los judíos. El estalinismo, con los "enemigos del pueblo". Hoy, algunos lo hacen con los inmigrantes, con los musulmanes, con la izquierda o con la Iglesia.

Desde mi fe cristiana, sé que el mal no está solo en el otro: está también en mi corazón. Y que la verdadera grandeza de una nación no se mide por su capacidad para excluir, sino por su capacidad para integrar desde la verdad, sin relativismo, pero también sin odio.

España supo hacerlo en sus mejores momentos —con todos sus pecados y contradicciones—: tender puentes, misionar, civilizar, mestizar. Eso no es debilidad: es grandeza. Y esa grandeza es la que hoy necesitamos recuperar, no la de la amenaza ni la del insulto.

 

La batalla del siglo XXI no es entre izquierda y derecha

El verdadero combate no es entre "progres" y "fachas". Es entre los que creen que el hombre tiene una naturaleza y un destino eternos, y los que creen que es una hoja en blanco que se escribe a sí misma.

En esa batalla, la Falange original tiene mucho que decir, porque supo aunar patria, justicia social y transcendencia. Pero solo si reniega de cualquier tentación totalitaria y vuelve a su raíz humanista y cristiana.

Porque el falangismo que yo defiendo no es el de las consignas vacías ni el de los símbolos vaciados de contenido. Es el de la revolución pendiente: la que pone a la persona por encima del Estado, al trabajador por encima del capital, y a Dios por encima de todo.

 

Conclusión: ni nazis ni sumisos

No soy neutral. Creo que el orden, la tradición, la familia, la ley y la fe son bienes que merecen defensa. Pero creo también que el fin no justifica los medios. Y que una victoria política que se obtiene sembrando odio o excluyendo al débil no es una victoria verdadera, sino una derrota del alma.

No dejemos que la izquierda nos robe la palabra "nazi" para todo, pero tampoco caigamos en la trampa de negar que el totalitarismo pueda vestirse con el traje del "orden nacional". La diferencia está en el destinatario del odio, y en la concepción del hombre que subyace al discurso.

La verdadera alternativa no es entre "progresismo" y "fascismo", sino entre una civilización que reconoce al hombre como persona, y una que lo reduce a función. En esa batalla, la Iglesia, la tradición española y el falangismo auténtico tienen mucho que decir. Pero solo si lo dicen desde la verdad, no desde el rencor.

Porque el orden sin verdad es tiranía. La verdad sin orden es caos. Y la dignidad sin Dios es un espejismo.

 

Cierro con las palabras de José Antonio, que aún resuenan con una vigencia insobornable:

«Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia».

 

Y también éstas, pronunciadas en Las Cortes el 4 de enero de 1934, en el debate sobre los problemas de Cataluña:

«España estaba oprimida entre dos losas que todavía no ha conseguido romper: por arriba, la falta de toda ambición histórica; por abajo, la falta de una profunda justicia social».

 

Esa justicia social, la que no excluye pero tampoco se deja engañar, la que ordena sin oprimir y acoge sin disolver, es la brújula que nos queda. Ni nazis ni sumisos: españoles, cristianos y falangistas, de una Revolución aún no cumplida.

Cristiano, español y falangista

Juan Fco. González Tejada

 

Nota sobre las fuentes: Los datos de cooperación proceden de los informes del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la OCDE, recogidos por medios como ABC, El País, Servimedia, Público, Médicos del Mundo y el informe de Entreculturas.

Las citas de José Antonio Primo de Rivera están extraídas de su testamento ológrafo (18 de noviembre de 1936) y de su intervención en Las Cortes del 4 de enero de 1934.

 

Hay una mentira que se repite tanto que casi parece verdad: que en España el trabajador está protegido. Que hay derechos, convenios, inspecciones, sindicatos. Que la legislación laboral es avanzada. Y mientras tanto, el obrero llega a casa con el sobre —o la transferencia— y hace las cuentas, y las cuentas no salen.

No salen porque la dignidad en el trabajo no es un papel firmado en un despacho. La dignidad es poder vivir de lo que uno produce. Y hoy, en España, eso está sistemáticamente impedido: por arriba, por el empresario que escatima; y por los lados, por un Estado que promulga normas con una mano y retira los medios para cumplirlas con la otra.

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