Hay una mentira que se repite tanto que casi parece verdad: que en España el trabajador está protegido. Que hay derechos, convenios, inspecciones, sindicatos. Que la legislación laboral es avanzada. Y mientras tanto, el obrero llega a casa con el sobre —o la transferencia— y hace las cuentas, y las cuentas no salen.

No salen porque la dignidad en el trabajo no es un papel firmado en un despacho. La dignidad es poder vivir de lo que uno produce. Y hoy, en España, eso está sistemáticamente impedido: por arriba, por el empresario que escatima; y por los lados, por un Estado que promulga normas con una mano y retira los medios para cumplirlas con la otra.

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Los más veteranos recordarán con una sonrisa al dúo humorístico español formado por Luis Sánchez Polack (Tip) y José Luis Coll. Los más jóvenes, harían bien en buscar en las plataformas digitales alguna de las actuaciones de esta singular pareja de cómicos. Expresaron como nadie un fino humor de raíz surrealista y esperpéntica. Humor blanco en el que todo el mundo cabía, fruto de la inteligencia y del fino estilo para conseguir arrancar carcajadas sin necesidad de tener que despedazar a nadie por el camino. Bien podríamos decir que se trataba de todo un ejemplo de “talento con talante”.

Pero más allá de esa excelencia artística, el dúo Tip y Coll representaban algo más importante en lo que se podría definir como la intrahistoria de las últimas décadas del siglo XX español, especialmente de lo que con devoción muchos consideran la Transición española. Y es que de manera pública y notoria Tip nunca ocultó sus afinidades con la derecha y Coll fue un destacado simpatizante del Partido Socialista Obrero Español. Circunstancia que no era obstáculo para una colaboración fructífera que hizo las delicias de una España ávida de humor y entretenimiento. Una España, en definitiva, que quería dejar las rencillas del pasado aparcadas en los libros de Historia.

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El ex vice-presidente del gobierno de España, Pablo Iglesias, ha vuelto a la actualidad periodística a cuenta de un ataque de verborragia volcado en sus redes sociales. En su infatigable lucha contra el fascismo y la extrema derecha se ha dirigido a un conocido activista de derechas en los siguientes términos:

“Soy comunista y puedo cenar en restaurantes que tú no puedes permitirte. Vas de pijo pero te cuelas en clase preferente del AVE (no puedes pagarla). Yo sí puedo pagarme una sala VIP en el aeropuerto, pero tu vídeo es del control de pasaportes. Dame tu móvil y te hago un bizum”.

Uno puede imaginar la ironía de don Julio Anguita: “Pero, a éste, ¿quién le ha dicho que es comunista?” Sin duda, el mismo que otorga ejecutorias “muy de izquierdas” a otros ilustres rojillos de salón.

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El pasado 14 de febrero el Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, Marco Rubio, fue el encargado de pronunciar el discurso inaugural de la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich. Su alocución vino a ser una invitación expresa a Europa para desmontar, juntos, el mundialismo y promover el retorno del concepto de la soberanía nacional. Invitación a Europa, no tanto a la U.E., lo que constituye un matiz significativo. Pero esta exhortación a cambiar el mundo ofrece una duda más que razonable al ser Marruecos el principal beneficiario de las políticas fronterizas neoliberales de la Europa de la U.E. Para recuperar la soberanía perdida, ¿acaso sugiere el Secretario Rubio la necesidad de abandonar el compromiso europeo con el pleno desarrollo industrial del régimen alauí? Dado que en Marruecos se reproducen todos los factores perniciosos del globalismo desgranados en el famoso discurso, punto por punto e incluso ampliados, estaríamos tal vez ante una posibilidad. Y, en caso contrario, ¿qué hacer con Marruecos para que no ejerza como ejemplo palmario de la inmadurez e incoherencia del nuevo orden mundial de Trump?  

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El municipio debería ser el primer baluarte en la defensa de los derechos sociales de sus vecinos. En la actualidad, sin embargo, muchos ayuntamientos han abandonado este rol esencial, transformándose en entidades más próximas a una gestión empresarial que a una administración al servicio de las personas.

Frente a este modelo, urge reivindicar el papel del gobierno local como “ángel guardián” de los derechos sociales, un objetivo irrenunciable para cualquier proyecto político transformador. Esto implica oponerse al conservadurismo institucional que ha convertido a los ayuntamientos en la primera empresa de los pueblos, fomentando un neocaciquismo moderno basado en el control político y la dependencia ciudadana.

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