Las torpes justificaciones esgrimidas por Pedro Sánchez en su discurso de investidura del pasado 15 de noviembre fueron incapaces de ocultar la motivación real y última de todas sus actuaciones: una ambición egótica por el ejercicio del poder aderezado con un regusto patológico y dudosamente democrático por hacer rabiar a sus adversarios, una derecha política y mediática que yerra estrepitosamente el juicio al afirmar que Sánchez pone en riesgo la unidad de España con tal de amarrar el poder durante otros cuatro años. Han medido mal la ambición del personaje porque la intención de Sánchez es la de perpetuarse en el poder.

Es del todo seguro que los equipos del Presidente español trabajan ya sobre el escenario del referéndum de autodeterminación catalán. La primera reunión celebrada entre PSOE y Junts, bajo la vergonzante vigilancia de un observador internacional, se convocó para abordar este asunto y ningún otro.

Pero Sánchez no va a llegar al referéndum sin un plan. Un plan terriblemente arriesgado que, de salir mal, pondrá fin al Estado español tal como lo conocemos; pero que, de salir bien, supondrá décadas de socialismo y “progreso” en España.

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Dicen que España no se rompe. No, España ya está rota. La han roto Izquierdas y Derechas con sus ambiciones y falta de patriotismo, el perverso instrumento de organizar el Estado de las autonomías no para beneficio del Estado del bienestar y por lo tanto de las personas y sus necesidades, sino en favor de los partidos políticos y sus perversos intereses particulares.

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Los objetivos finales se mantienen en el tiempo, las estrategias pueden y deben cambiar de acuerdo a las circunstancias. Y en algunas ocasiones, las medidas concretas que nos parecían adecuadas en el pasado deben también ser superadas y deberemos poner la mira en logros más ambiciosos o simplemente, diferentes.

Siendo el objetivo final irrenunciable la Justicia Social, me viene a la cabeza que los pactos por una jornada laboral de 37.5 horas semanales que Sumar y PSOE han querido destacar estos días pasados, son un tema para el debate político.

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Deprisa y corriendo, confieso que aún no he leído el libro entero, pero quiero emitir una opinión en caliente sobre su introducción, que tuve ocasión de leer ayer en el avión de vuelta a casa.

Hacía tiempo no me sentía tan cómodo leyendo algo.

La interpretación de lo que fue la Falange original y de las intenciones de José Antonio y de Manuel Hedilla me resulta tan familiar y me representa tan bien, que me he sentido cercano, cercanísimo a quien las ha escrito.

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Ya está, ya es presidente del gobierno para varios años más un político, habilidoso, con dos caderas, muchas caras y nada de memoria, dispuesto a lo que sea y atrevido a más no poder. Un carácter, el que adorna a Pedro Sánchez, que seguramente podría ser útil en otras circunstancias, por lo desvergonzado y voluntarista que es, pero que ahora está a punto de quebrar España de manera, tal vez irrevocable.

Es fácil acalorarse en contra de Pedro Sánchez y pensar que el PSOE y su secretario general han vendido por un plato de lentejas, nada menos que el estado de derecho. Es fácil, porque es cierto. Pero es preciso buscar la raíz del problema. ¿Por qué puede Pedro Sánchez hacer esto?

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