Por Alonso Goya

Cae la noche en las afueras de Buenos Aires. Un sucio y oscuro apeadero, rodeado de descampado y villas miseria, se encuentra abarrotado de mayores, maduros y niños con ropas harapientas. Todos tienen en sus manos llenas de mugre algún artilugio que les servirá para desarrollar con mayor éxito o con un poco de menos esfuerzo la dura jornada de trabajos forzados -forzados por la necesidad de comer- que ahora comienza.

A la lejanía se acerca el tren emitiendo un pitido ensordecedor, el mismo que emitirá cada vez que pase por un apeadero o por una estación -éstos sí "normales"- para avisar de que no parará ya que se trata del tren de los cartoneros.

 

Cuando llega al apeadero apenas da tiempo a que se detenga del todo; cientos de seres humanos se lanzan como una jauría para poder agarrar el medio de transporte que le dejará en su "lugar de trabajo, las oscuras calles de la ciudad porteña. Se agolpan, se aprietan; uno no sabe si lo hacen para que quepan más o para resguardarse del frío, ya que el convoy no lleva cristales en las ventanas ni puertas y el invierno en Buenos Aires es duro.

 

Y así, como si de un tren de leprosos se tratase, atraviesa a toda velocidad y siempre acompañado del ensordecedor pitido parte de la provincia de Buenos Aires, hasta llegar a su estación de destino en Capital Federal donde les espera una noche de esfuerzo y de penurias.

Esta palabra, cartoneros, que podría perfectamente ser el título del último éxito cinematográfico del director de moda o el nombre de una banda de rock, en realidad es la ocupación de más de 10.000 personas en el Buenos Aires del siglo XXI.

 

Hace más de cinco años, cuando nuestro país hermano se vio envuelto en su penúltima gran crisis, millares de personas encontraron en la búsqueda de cartón, en medio de las acumulaciones de basura de todas las esquinas de la capital bonaerense, el único medio para poder subsistir. Vivir de la basura fue el refugio que encontró mucha gente para sortear la crisis económica que vivía y vive Argentina.

Como en cualquier situación de crisis, el trabajador es, injustamente, el primer sacrificado, y en 2001 miles y miles de ellos fueron expulsados de los ámbitos de trabajo formal y se vieron obligados a realizar este tipo de tareas.

Es espeluznante contemplar como millares de seres humanos se desplazan en camiones, a pie o en el famoso tren, a la capital porteña para revolver entre la mierda y encontrar algo que les sirva para sufragar el alimento diario.

Mientras, el gobierno de la ciudad, a través de tres organismos -la Dirección General de Políticas de Reciclado Urbano, el Registro Único de Recuperadores y el Registro Permanente de Cooperativas y Pequeñas y Medianas Empresas- quiere "ordenar a los cartoneros. Para entrar en dicho orden, los cartoneros necesitan presentar estatutos y papeles. Por un lado son los pobres rebuscadores de basura (allá los llaman cirujas) y por otro pretenden tratarlos (sólo para exigirles, nunca para darles nada) como a cualquier empresario.

En boca de uno de estos cirujas: "Para que voy a estar sufriendo y perdiendo el tiempo dándoles un montón de papeles si mi familia y yo tenemos que comer todos los días.

Así es, éste es el drama de los cartoneros bonaerenses; una solución agónica para subsistir a la que algunos pretenden darle el título de profesión.

Lamentablemente en Argentina hay otros calificativos que sí han pasado a convertirse en profesión aunque no lo son oficialmente porque salpicarían a algunos integrantes de muchas instituciones del estado: corruptos, mentirosos, secuestradores, estafadores y ladrones. Nosotros, sin duda, nos quedamos con los cartoneros.


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