ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO en hoy.es

Soy de la generación mostrenca que ni ganó ni perdió la guerra, pero la padeció desde la más tierna infancia. Su sombra pringosa nos ha acompañado toda la vida, desde que -no recuerdo si antes o después del 'parte'- y tras las notas del Himno Nacional, el Oriamendi y el Cara al Sol, escuchábamos aquello de «gloriosos caídos por Dios y por España, presentes. Viva Franco. Arriba España» un día tras otro; hasta que, ya echando bozo en el bigote, comenzamos a preguntarnos si sólo había caídos en un bando.

Pasaron los años, vivimos esperanzados la transición e iniciamos con más inocencia e ilusión que conocimiento nuestra historia en democracia; hasta que una vez más la realidad nos golpeó implacable y volvimos a encontrarnos con la España cerril que ingenuamente habíamos creído superada, la que sólo reconoce a sus muertos, a los de su lado, negando a los otros. Pasamos del 'gloriosos caídos' a la 'memoria histórica' y era la misma España, rencorosa, irreconciliable, hemipléjica -aunque moleste- la España que nunca debió ser, la que no es posible aceptar, ni reconocer, ni disculpar, ni comprender, ni respetar. Otra vez las dos Españas.

Tengo un profundo respeto a los muertos de la guerra, a todos, y no porque fueran buenos o malos -que habría santos y canallas- ni por la costumbre española de ensalzar a los que ya no están, sino porque fueron injustamente asesinados. Los de Badajoz y los de Paracuellos. Los abrasados en la iglesia de Almendralejo y los fusilados en la tapias del cementerio de Mérida. El mismo respeto a todos, el mismo homenaje. Y también respeto a los que cayeron en el frente, en ambos frentes, porque unos murieron defendiendo lo que creían justo y otros, quizá los más, porque fueron arrastrados por la suerte a las trincheras de un bando u otro y murieron sin saber muy bien por qué luchaban, ni qué pintaban allí. Y no merecían morir, ni unos ni otros.

Tengo un profundo desprecio a los asesinos, a todos. A los que vestían mono y a los que lucían camisa azul. Porque con mono, camisa o gorro cuartelero representan lo peor de una guerra ya de por sí de malos contra malos, que aún sin vivirla, sin ganarla, sin perderla, ha marcado a mi generación con el estigma de Caín.

Y tengo la esperanza, o quisiera tenerla, de no haber transmitido a mis hijos, o no estar transmitiendo ahora, ese maldito estigma que nos ha hecho pasarnos la vida mirándonos de reojo, en estado de permanente sospecha y nos ha llevado a no poder comentar estos temas con libertad de juicio sin ser acusados de no sé cuantas disparates, por unos o por otros. Porque seguimos rezumando el maniqueísmo suicida en el que fuimos educados.

Y siento un agobiante desasosiego y un hastío infinito al tener que volver sobre esto. Cambio y corto. Definitivamente.