El ex vice-presidente del gobierno de España, Pablo Iglesias, ha vuelto a la actualidad periodística a cuenta de un ataque de verborragia volcado en sus redes sociales. En su infatigable lucha contra el fascismo y la extrema derecha se ha dirigido a un conocido activista de derechas en los siguientes términos:

“Soy comunista y puedo cenar en restaurantes que tú no puedes permitirte. Vas de pijo pero te cuelas en clase preferente del AVE (no puedes pagarla). Yo sí puedo pagarme una sala VIP en el aeropuerto, pero tu vídeo es del control de pasaportes. Dame tu móvil y te hago un bizum”.

Uno puede imaginar la ironía de don Julio Anguita: “Pero, a éste, ¿quién le ha dicho que es comunista?” Sin duda, el mismo que otorga ejecutorias “muy de izquierdas” a otros ilustres rojillos de salón.

Una nueva generación de comunistas-ricos defiende su derecho a ganar dinero y a disfrutar largamente de él apostillando, a su manera, el Manifiesto Comunista: “soy comunista pero no soy gilipollas”. Quizás esa apelación a la inteligencia práctica promueve en ellos tan escasa disposición para vivir una experiencia real de su ideología en aquellos países que, lamentablemente, siguen en sus garras. Particularmente en la amada Cuba, que padece sus rigores desde hace más de 66 años.

No podemos asegurar quién de estos personajes es tal cosa y quién no lo es; sí podemos afirmar que, en virtud del estilo burgués de vida que practican, ninguno cabe en la definición de un genuino comunista pues, sin excepción, cuando se acumula dinero se cae indefectiblemente en el error de conceder una categoría axiológica a la propiedad, la riqueza y el estatus social. El valor personal acaba confundiéndose con el valor de la posesión material de tal modo que soy mejor que tú en función de los restaurantes que frecuento o de las dependencias donde me sellan el pasaporte. Iglesias dixit.

Este culto al disfrute de los placeres típicamente burgueses es, a un mismo tiempo, el rasgo más característico del “comunismo-no-gilipollas” y la negación absoluta del comunismo en sentido estricto. Y lo es en múltiples aspectos, destacando entre ellos el absurdo que supone para un gran poseedor de propiedad privada enrolarse en un movimiento político que hace de la abolición de toda forma de propiedad privada su principal bandera. Por eso, la revolución marxista está reservada a los desposeídos, a los “descamisados” en la jocosa acepción de Alfonso Guerra. ¿Un comunista “con pasta”? Ese sí que es un perfecto… pero no abusemos del término malsonante.  

Aunque parece existir un empeño por velar y hacer abstrusa la ideología comunista su comprensión resulta, extremadamente simple en realidad. Basta preguntarse qué es “lo común” a que se refiere la raíz del sustantivo. Y lo común, lo que ha de ponerse en común, es la riqueza. El comunismo -explicado a los niños- nos ofrece la imagen de ser una inmensa bolsa que contiene todo el dinero de un país. Cada ciudadano debe depositar en ella el producto total de su trabajo, con la alegría y la conciencia de clase que exige la mentalidad “tovarich”. Así se cumple el primer término del axioma fundamental de esta ideología, Jeder nach seinen Fähigkeiten, jedem nach seinen Bedürfnissen: “de cada cual según sus capacidades”. Para los amantes de las citas, la frase aparece en la Crítica del Programa de Gotha, con la que Marx y Engels rompieron definitivamente con la socialdemocracia en 1875. Nada menos.

Pero la segunda parte de esta ecuación ya es otro cantar: “a cada cual según sus necesidades”. Y he aquí la cuestión capital pues las necesidades no son establecidas libremente por cada cual en función de sus preferencias personales sino determinadas por el politburó en coherencia con un cálculo que estima racional. Bajo el comunismo real no hallará Pablo Iglesias ni restaurantes de lujo, ni zonas VIP, ni vino añejado, ni coches de lujo, ni apartamentos con piscina. Para que sus cuentas cuadren y la bolsa común no acabe desfondada resulta imprescindible renunciar al consumo tal como se concibe en Occidente. El Estado comunista no se lo puede permitir o, mejor expresado, no lo puede ofrecer de manera igualitaria a todos los contribuyentes de la gran bolsa, sin discriminación. No en vano, el valor del lujo reside en no estar al alcance de cualquiera. Tienen razón, por tanto, aquellos que acusan al comunismo de pretender una igualación de las condiciones de vida “por abajo”.

Para asumir de buen grado esta renuncia se requiere de una rígida mentalidad comunista, profesar un estilo de vida blindado frente a las seducciones del gasto suntuario, sostener unos valores diametralmente opuesto a los de la mentalidad pecuniaria burguesa. En modo alguno “las necesidades” podrán incluir en su relación el dispendio en bienes superfluos. La aparente miseria que a ojos occidentales padecía la extinta Unión Soviética respondía mucho mejor a un criterio de austeridad voluntariamente asumido que a un déficit real de recursos naturales y humanos en aquel inmenso país. El comunismo es, en esencia, una forma de ascetismo.

Acostumbrados a un nivel de vida burgués muy por encima de lo común, nuestros simpáticos comunistas de pitiminí (Pablo Iglesias, Víctor Manuel-Ana Belén, Miguel Ríos, Yolanda Díaz, El Gran Wyoming, los hermanos Bardén, Luis Tosar y tantos otros) de seguro no tolerarían la adustez de “su” ideología por un tiempo ilimitado. Requerirían de una reeducación intensiva en la austeridad más extrema amén de soportar un bien ganado desprecio. Y tontos, lo que se dice tontos, no son. Que una cosa es el postureo radical en una amable sobremesa bien regada y otra muy diferente los rigores que impone la paradisiaca sociedad sin clases.   

 

Juan Ramón Sánchez Carballido