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Artículos con los que estamos de acuerdo

ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO en hoy.es

Soy de la generación mostrenca que ni ganó ni perdió la guerra, pero la padeció desde la más tierna infancia. Su sombra pringosa nos ha acompañado toda la vida, desde que -no recuerdo si antes o después del 'parte'- y tras las notas del Himno Nacional, el Oriamendi y el Cara al Sol, escuchábamos aquello de «gloriosos caídos por Dios y por España, presentes. Viva Franco. Arriba España» un día tras otro; hasta que, ya echando bozo en el bigote, comenzamos a preguntarnos si sólo había caídos en un bando.

Pasaron los años, vivimos esperanzados la transición e iniciamos con más inocencia e ilusión que conocimiento nuestra historia en democracia; hasta que una vez más la realidad nos golpeó implacable y volvimos a encontrarnos con la España cerril que ingenuamente habíamos creído superada, la que sólo reconoce a sus muertos, a los de su lado, negando a los otros. Pasamos del 'gloriosos caídos' a la 'memoria histórica' y era la misma España, rencorosa, irreconciliable, hemipléjica -aunque moleste- la España que nunca debió ser, la que no es posible aceptar, ni reconocer, ni disculpar, ni comprender, ni respetar. Otra vez las dos Españas.

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Pablo Sebastián en república.es

Ahora que las tropas americanas de combate se retiran de Irak conviene recordar que España apoyó esa guerra mentirosa e inútil por decisión del presidente Aznar que se sumó en las Azores a la declaración de guerra que hace siete años y medio hicieron pública el presidente Bush y el primer ministro británico Blair. Tres dirigentes que por causa de las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein y por su belicismo injustificado que ocultaba otros argumentos, como la caza del petróleo iraquí, fueron desalojados del poder en sus respectivos países donde sufrieron las iras y los crueles atentados de Al Qaeda y de sus grupos afines como ocurrió en Madrid el dramático 14-D de 2004 donde doscientos españoles perdieron la vida a manos de los terroristas islámicos.

Aznar se equivocó porque la guerra era ilegal y mentirosa y sobre todo porque la gran mayoría de los españoles se oponía al compromiso de España con ese conflicto y a la ridícula presencia del presidente del gobierno español junto a primeros dirigentes de los Estados Unidos y Gran Bretaña, dos superpotencias militares y económicas con intereses económicos y estratégicos en la zona, lo que no era el caso de España, país con un escaso presupuesto de defensa y sin el potencial militar necesario para acudir a semejante guerra. Pero la soberbia y la ceguera de Aznar que creyó que así España se incorporaba al grupo de países elitistas de Occidente resultó un desastre para él, para su partido y para España porque Al Qaeda puso a nuestro país en el punto de mira de sus objetivos terroristas y pasó lo que pasó en Madrid. Y por eso –y las otras mentiras de Aznar sobre la autoría de los atentados del 14-M- el pueblo español expulsó al PP del gobierno en 2004.

Falange Auténtica contra la guerra de Iraq

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Ángel Expósito en ABC

Saben qué? Que yo también estoy a favor del juez. A favor del juez al que no le conoce nadie. A favor del juez que trabaja sin descanso a costa de su familia y al que devoran las montañas de papeles en su despacho y en su antedespacho. Y a favor del juez al que denuncian los propios terroristas a los que juzga. A favor del juez que intenta ajusticiar a menores con una ley imposible y a favor del juez al que no conoce nadie, del que no se sabe su cara y del juez que va en autobús al juzgado. Y a la vez estoy a favor del juez que no tiene escolta y del presidente del Tribunal Supremo, que resulta ser el más demócrata de los demócratas. Y defiendo al juez que no sabe de delitos monetarios o fiscales y que estudia, hasta ser capaz de dictar justicia. Así que, insisto, yo también estoy a favor del juez. No del showman. Lo demás es folclore, lo demás es ser injusto con los miles de jueces que trabajan en cada juzgado de guardia sin que nadie les hagamos caso

Ignacio Camacho en abc.es

CUÁNTO nos gustaría que España se pareciese a España. Que la selección fuese un trasunto del país, la metáfora de una nación fiable, exitosa, respetada, segura de sí misma, y no la encarnación aspiracional de sus sueños. Que la cohesión del equipo del fútbol surgiera de la avenencia cómoda y natural de una sociedad equilibrada. Qué hermoso sería presumir de un patriotismo así, democrático, representativo, espontáneo, fluido y sin fisuras, integrador y alegre, en el que la palabra España sonase sin chirridos como el concepto matriz de una idea común de concordia.

Quizá por eso la gente esté disfrutando tanto de esta dulce utopía en la que el fútbol aglutina un ideal mucho más grato que la crispada realidad de la política. Un clima en el que España no es una ofensa ni un debate sino una aspiración colectiva. Serena, participativa, alegre, sólida. Una España moderna y plural capaz de actualizar los versos de Miguel Hernández, con catalanes proactivos, andaluces esforzados, asturianos esenciales, madrileños generosos y vascos solidarios. Una España sin conflictos de personalidad ni estériles polémicas identitarias. Una España cosida con los hilos invisibles de un objetivo, un proyecto y una estrategia. Una España eficaz, vigorosa, solvente. Una España mejor que España misma. Una España imposible, acaso.

Selección española antes de un partido

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Dice mi amigo más querido que Garzón será lo que será pero que él no está dispuesto a secundar una causa abierta por la Falange. Yo sí. Primero, porque la razón la tiene quien la tiene, con independencia de quién sea. Segundo, porque Garzón debió haber sido contenido hace mucho, antes de meter la pata con Pinochet, arrogándose una jurisdicción para la cual existe el Tribunal Penal Internacional y poniendo al Gobierno chileno al borde del abismo. Tercero, porque juzgarle es una operación de saneamiento político de la judicatura.

Pero lo más curioso es que las razones por las que no debió haber abierto jamás una causa general contra el franquismo —amén de no haber cosa más franquista que una causa general— las proporcionó él mismo en el año 2000, tal como nos recuerda, en su columna de La Razón, Cristina López Schlichting, que no es de mi devoción pero dice lo que hay que decir. Cuando la Asociación de Familiares y Amigos de Víctimas de Genocidio en Paracuellos del Jarama —donde no hubo genocidio, sino matanza, aunque el primero en confundir ambos términos sea precisamente Garzón— quiso llevar a la justicia los célebres fusilamientos de Carrillo, él respondió que los demandantes obraban “de mala fe” y se tomaban “a la ligera normas básicas de nuestro ordenamiento jurídico”. En la sentencia escribía que los fusilamientos habían prescrito “al haber transcurrido más de veinte años” de los hechos y que la amnistía del 25 de noviembre de 1975 vedaba “cualquier posibilidad de reiniciar la persecución penal por los actos de nuestra Guerra Civil”, esto es, exactamente lo que eligió no tener en cuenta al abrir el proceso contra el franquismo, seguramente alentado por una situación política en que la preocupación oficial por la “memoria histórica” —una contradicción: o es memoria o es historia— y las tendencias guerracivilistas del presidente parecían favorables a un gran espectáculo, de esos que le encantan al juez que ve amanecer porque quiere ser el primero en ver las portadas de los diarios, tratando de encontrarse: la egolatría no es delito, desde luego, pero cansa. Olvidó que él mismo había sentado una jurisprudencia que ahora va a obrar en su contra.

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