Félix Barroso Gutiérrez

Diario Hoy / columna "La Pingolla"

 

Para mí que esos empresarios que se han reunido con el Rey y que representan a las principales compañías del Ibex 35 desconocen lo que es la caridad. No olvidemos que, según fuentes dignas de crédito, el 86% de tales compañías operan en paraísos fiscales. No tienen caridad con esa tasa de pobres que, a tenor del informe de "Exclusión y Desarrollo Social en Europa" ya alcanza el 25,5% (en Extremadura, el 41,5%: treinta puntos porcentuales por encima de Navarra y superando los niveles de Rumanía). Y no tienen caridad porque niegan la palabra "recortes", aconsejan a los trabajadores "oír, ver, callar y dar más horas" y forman recia piña en torno a Rajoy y su derecha. No sabemos qué habrá opinado el cazador de los bosques de Botswana sobre el particular, pero dudamos que, en fechas cercanas, siente a su mesa a algunos de esos pobres que tienen muy poco que llevarse a la boca.

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Si tales empresarios (y otros capitalistas cortados por el mismo rasero) no tienen caridad, ¿cómo se van a erigir en amantes de la justicia social? Sebastián Mora, secretario general de Cáritas, habla, hoy por hoy, de "pobreza más extensa, más intensa y más crónica en una sociedad polarizada entre los que tienen y los que no tienen". Cáritas –y todo hay que decirlo- sigue al pie de la letra la doctrina social de la Iglesia, que nada tiene que ver con otras jerarquías vaticanistas, que se sienten muy a gusto bajo los efluvios de los botafumeiros de los poderosos y de los neocons y tecnócratas de turno.

La derecha española siempre equiparó la caridad a la compasión (Dios te hace pobre o rico por voluntad divina o propia; tú eres el responsable de tu pobreza). Y esa derecha tiene mucho de calvinista (Ángela Merkel es una genuina representante) y mucho de la vieja caridad practicada por el nacional-catolicismo franquista. Con echar cuatro monedas en el platillo, como hacían los caciques y fuerzas vivas de derecha de nuestros pueblos, se alejaban los fantasmas de la conciencia. Pero para desmantelar el capitalismo de compasión, culpable del calvario que mortifica a los de siempre, es preciso comprender que la pobreza no es algo natural, sino fruto de un injusto reparto. Frente al asistencialismo caritativo, hay que oponer las rotundas razones de la justicia social, que permita a cualquier persona vivir con dignidad. La caridad es solo una falsificación hipócrita de la justicia.

José Antonio Primo de Rivera, al que los fascistas le usurparon la retórica y la coreografía pero no sus principios revolucionarios, lo dejó muy claro: "Desmontar el capitalismo no es solo una tarea económica, sino, sobre todo, una alta tarea moral". Poco podemos esperar de los pazguatos espíritus caritativos, que suelen darnos la zanahoria para que tengamos algo con lo que entretener nuestros estómagos y, luego, propinarnos la correspondiente ración de palos. Hora va siendo, pues, de que, tal y como afirmara Ernesto Che Guevara, "prefiramos morir de pie antes que vivir de rodillas".


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