Hacer determinado comentario desafortunado delante del jefe puede costarte el puesto de trabajo. La dimensión del precio a pagar quizá sea injusta, pero c"est la vie.

Al Presidente Zapatero, su numerito (previa y sonoramente calculado) con la bandera americana le pasará factura. Y previsiblemente seremos todos los españoles quienes debamos tirar de cartera.

Sin embargo, y con todo, el precio que pagamos por las torpezas de nuestros políticos no es tan grave como su profunda falta de Estilo.

El Estilo, algo en lo que en falange auténtica creemos, se fundamenta en un profundo sentido del respeto al otro (persona o Nación) para aceptarle como interlocutor, independientemente de las diferencias de criterio.

El talante Aznar y el talante Zapatero, son las dos caras de una misma moneda (mi talante es bueno mientras sirva para ganar elecciones). La visión instrumental de las formas que practican nuestros políticos es un síntoma de su déficit democrático, de su falta de respeto por los que no son como ellos y por su crucial misión como regidores del bien común.

Nuestros políticos son como los hooligans; incapaces de disfrutar del fútbol o de entenderlo. Hooligans que no pueden aplaudir un gol del otro equipo aunque sea bonito, porque sólo disfrutan cuando el rival pierde.

Esa manera de hacer política, con talante (el que dé más votos), pero sin Estilo, tiene que acabar. Por la cuenta que nos trae.


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