¿El Rey emérito motor del cambio? ¿De qué cambio estamos hablando?

Ha llegado la hora de decidir nuestra forma de Gobierno. Y la mejor forma de hacerlo es ser capaces de hablar sin tapujos y sin miedo a ser “políticamente incorrectos” o “no salir en la foto”. Ha llegado el momento de hablar con libertad.

A pesar de lo que todos sabemos, y a pesar de que el Gobierno, las autoridades y el mismo protocolo de la Casa Real han decidido que el Rey emérito no estuviese este año en la celebración del 40 aniversario de la Constitución, continuamos haciendo como que aquí no ha pasado nada, como que nadie ha tomado esa decisión, como que ha sido un despiste de protocolo, a mayor gloria de la estupidez humana de los españoles y de los de coche oficial, también.

Tras conocerse, con el consabido estupor, el “enfado” del rey campechano, los telediarios, con sus presentadores de gesto visiblemente afectado, lanzaban, todos a una, el lema de los siguientes días -no muchos, que esto no interesa-: el Rey emérito ha sido el motor del cambio, qué duda cabe. Aún cuando los hechos, que son tozudos, nos revelan que el único cambio del que Juan Carlos de Borbón ha sido partícipe es el de adaptarse a los dirigentes que han ido haciéndose cargo de los sucesivos Gobiernos de España, fueran estos dictadores o demócratas.

Un breve repaso por nuestra historia reciente, nos recuerda que con todos estuvo conforme y con ninguno le faltó manutención, privilegios y mamoneo para aburrir. Aunque para ser exactos, nada que ver las sonrisitas y reverencias que hacía a Franco, con los besos y abrazos que, gobernando Felipe González o Rodríguez Zapatero, sus preferidos, departía con los jeques de Arabia Saudí y Qatar. Bastante más provechosos y fértiles, al menos en lo que a cuentas bancarias se refiere. El General era muy castrense y lo tenía a pan y agua, en contraposición a la “libertad” que ha tenido en esta “jugosa” democracia, al menos para algunos.

La única gestión directa que ha tenido en 40 años, Juan Carlos de Borbón, además de sus negocios con grandes empresarios dentro y fuera de España, ha sido la de la Casa Real, un organismo público que ha de representar a todos los españoles, nos guste o no, convertido en un referente de corrupción en España y el resto del mundo. Que, además, ha propagado la corrupción por las comunidades autónomas.

No ha sido capaz de mantener el orden, la decencia y la honestidad, -cualidades que se tienen o no se tienen-, en su propia casa -real-, es más, no ha sido capaz de simular, si quiera, un cierto decoro. De lo que se ha desatado, en cascada, un bochornoso y consiguiente espectáculo judicial, donde una Fiscalía torticera nos ha avergonzado a los españoles, haciendo de abogado del diablo, en nuestro caso diablo consorte de la princesa desmemoriada, y jubilando anticipadamente a un juez valiente, que eligió servir al Pueblo antes que al villano, por muy real que éste fuese. 

Y siendo este tema de esos que tiene que hacerse ver una ciudadanía que se precie, a estas alturas, lo ciertamente llamativo, es que nuestro País no haya alcanzado el suficiente grado de responsabilidad y nuestra democracia el que le corresponde de madurez, para que, con criterio y libertad, la opinión pública y los medios de comunicación hubiesen hecho un análisis de las causas por las que el emérito no ha comparecido en el Congreso acompañando a su hijo.

Lejos de ello, medios de comunicación, Gobierno y oposición, han continuado con su cantinela, cansina y miope, guardando formas y apartando todo vestigio de inteligencia y autocrítica, en declaraciones y demás comparecencias, respecto del tema de marras, la monarquía. Los españoles llevamos 40 años maquillando la democracia y la constitución en bonitas fiestas de aniversario. Una vez al año, de la misma forma que votamos cada 4 y aceptamos democracia “como animal de compañía”.

La imposición de Juan Carlos de Borbón por parte de Franco y la posterior aceptación por “los padres” de esta democracia, dieron al traste con un proceso constituyente que nos emancipase y nos declarase realmente responsables y libres de nuestra Transición, a la que nos referimos, igualmente sin pizca de autocrítica, como si de “nuestro amado líder” se tratase, hasta el punto de que si la cuestionas, se disparan de forma automática una serie de dispositivos de alarma en forma de adjetivos descalificativos que te inhabilitan para la vida política. Léase fascista, populista, etc.

Desde Falange Auténtica creemos que ha llegado la hora de decidir nuestra forma de Gobierno. Y la mejor forma de hacerlo es ser capaces de hablar sin tapujos y sin miedo a ser “políticamente incorrectos” o “no salir en la foto”. Ha llegado el momento de hablar con libertad, y decir lo que, por otro lado, a pocos se les escapa. El rey emérito no estaba en el Congreso durante la celebración del 40 aniversario de la Transición porque ha sido un rey incapaz, propenso a la corrupción, a engordar sus cuentas bancarias personales, dado a abrazarse y besarse con los jeques más sátrapas de los más rancios países islámicos de Oriente Medio, de los que peor lo llevan con los Derechos Humanos, sin que ello les suponga ningún problema y, aunque por mucho menos, ataquemos a otros países formando parte de la OTAN.  Un rey que ha dejado una España empobrecida, dividida y con importantes desigualdades sociales, con valores imprescindibles para la convivencia, por los suelos, con una falta de ejemplaridad sin precedentes. Porque, es muy posible que fuese Felipe de Borbón, su hijo y heredero por privilegios de sangre, quien no haya permitido que el padre, que ha estado a punto de dar al traste con su modo de vida, ande revoloteando por el Congreso. Porque si bien Felipe VI no le debe su nombramiento a Franco, como su padre, debe agradecer a su madre, Sofía de Grecia, y a la ejecución de unas pesquisas en tiempo récord, llevadas a cabo inmediatamente después de que ésta volviese de una reunión con lo más granado del poder mundial, el Club Bilderberg y, al igual que ocurriese con su padre, y en esto sí les sale la familia, sin consultar a los españoles, sin proceso constituyente y con una traición padre-hijo, al más puro estilo Borbón.

Porque cuando un Borbón ve peligrar la Corona de España, se olvida hasta de su padre…


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