Son muy escasas las novedades de fondo que el cuidado calendario de escenificación del Plan Ibarretxe está aportando a lo inicialmente planteado en el otoño de 2002. Apenas unos datos imprecisos sobre los plazos y nuevos retruécanos en esa agotadora combinación de las palabras Convivencia, Pacto y Diálogo que, a modo de estandarte, agita impenitentemente el Gobierno tripartito vasco.

 

Los observadores políticos parecen más atentos a las reacciones que produce en los demás la actuación de Juan José Ibarretxe (incluyendo aquí, para sorpresa de muchos, al propio PNV en su proceso electoral interno) que a los contenidos de su discurso. La estrategia artera del Presidente del Gobierno Vasco se está mostrando muy efectiva, proporcionando incluso aquellos frutos que más deseaban por su alta rentabilidad política: respuestas desmedidas del Gobierno Central para realimentar su discurso victimista, pasos equívocos de la oposición socialista, y recolocación estratégica del mundo etarra ante la sangría de apoyos de unos seguidores dispuestos a conformar una nueva mayoría nacionalista junto al PNV.

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El llamado tema vasco se está enconando desde que se pretende resolver por la vía penal. Parece que el gobierno español, este o cualquiera que hubiera habido, ha caído en una trampa largamente buscada y preparada: la victimazación del nacionalismo vasco en una escenificación del mundo al revés donde los verdugos acabarán siendo las victimas y pidiendo la intervención de la ONU en defensa de sus derechos pisoteados.

El problema tiene raíces profundas y es consecuencia de la dimisión de la españolidad (nunca españolismo) en el último cuarto de siglo, tras una largo periodo de excepcionalidad en el que la idea de España fue presentada como un marco de convivencia excluyente por los sectores más reaccionarios del bando vencedor en la escenificación de un burdo españolismo de brillantina imperial que devino inevitablemente en el patrioterismo zarzuelero de charanga y pandereta.

La españolidad como proyecto de las Españas, valor de integración de todos los pueblos que desde Roma son "Diocesis Hispanorum", ha sido la dama boba del proyecto constitucional, a pesar de que aparece suficientemente especificado en el texto de la Carta Magna como "Patria común e indivisible de todos los españoles".

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La opinión según la cual todas las religiones son iguales cada vez está más extendida. Últimamente a cuenta del papel de la mujer, o el lugar que ocupan en las teologías religiosas. El juicio contra el Imán de Fuengirola y su posterior sentencia han vuelto a reabrir el debate. Este hombre, un fundamentalista islámico, escribió y editó un manual ("La mujer en el Islam") en el que se ponía a la condición femenina en un lugar vejatorio. Se llegaba incluso a dar consejos prácticos al hombre sobre el modo de controlar a las mujeres, utilizando el maltrato físico. En la línea de aquel versículo coránico: "Amonestad a aquellas a las que sospechéis de infidelidad; recluidlas en centros aislados y golpeadlas".

Al hilo de la noticia, los juglares de lo políticamente correcto han entonado la eterna canción del laicismo sobre el papel secundario y/o vejatorio que ocupa la mujer en todas las religiones. La lucha por la dignidad de la mujer es una de las batallas más justas de la edad moderna. Hoy, afortunadamente, el terreno conquistado es inmenso y la situación ya no tiene nada que ver con la que conocieron nuestras abuelas. Pero equiparar el trato que dan todas las religiones al sexo femenino es cuando menos injusto.

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Falange Auténtica quiere realmente aproximarse a los problemas de la sociedad, permaneciendo cerca de la sociedad. Somos pueblo, formamos parte de una misma realidad social, la española, donde no sólo nos codeamos con el resto de nuestros compatriotas y demás personas que están viviendo su vida en España, sino que además disfrutamos de ese contacto. Un contacto que queremos que sea respetuoso, amable, mutuamente enriquecedor, donde no venga nadie a darnos lecciones magistrales y donde nosotros sepamos también, reconocer la bondad de otros ideales y respetemos los diferentes planteamientos de los demás.

Pero eso no cambia ciertas realidades. Tal vez la más importante es que seguimos al otro lado... esperando.

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Hoy España está huérfana de un movimiento social, humanista y patriótico. El socialismo está dividido en pugnas internas que parecen insalvables. La derecha representa la mediocridad y el conformismo con un mundo injusto de ricos y pobres.

Hace falta un movimiento que reivindique la centralidad de lo público en las relaciones económicas, las formas de propiedad humana, en forma de empresa municipal, familiar o sindical. Hace falta un movimiento que proponga formas de vida más proclives a la felicidad humana. En esta sociedad opulenta sabemos muy bien como amueblar nuestro ocio, pero estamos vacíos, porque no tenemos muy claro como comprometer nuestra vida. Somos espectadores de un mundo imperfecto y nos regodeamos en su imperfección, sin dar el paso decisivo en pos de la consecución de un mundo mejor.

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