Tras la tempestad, la calma de los pactos

Más que de pacto, deberíamos hablar de pactismo, una práctica donde la voluntad por alcanzar el acuerdo de gobierno y tocar el poder se impone sobre cualquier otra consideración o límite.

La fragmentación del panorama político sobrevenido tras la reciente llamada a las urnas pone de actualidad las negociaciones para alcanzar los más peregrinos pactos de gobierno.

El pacto supone una herramienta normal en el funcionamiento de las instituciones democráticas. La falta de mayoría debe suplirse con un acuerdo entre las diferentes fuerzas que facilite la constitución de gobiernos, sean de naturaleza local, regional o nacional. El pacto supone, además, un mecanismo político óptimo frente a la fórmula del gobierno de la lista más votada. El acuerdo previo rebaja la dificultad que supone el ejercicio del poder en minoría, que puede conducir al colapso de la gestión por la vía rápida, poniendo coto a las prácticas excesivamente partidistas o descaradamente unilaterales.  

El pacto, sin embargo, está perfumado por un descrédito bien merecido en nuestros días. Más que de pacto, deberíamos hablar de pactismo, una práctica donde la voluntad por alcanzar el acuerdo de gobierno y tocar el poder se impone sobre cualquier otra consideración o límite. No son pocas las ocasiones en que un pacto institucional sirve como disimulo del mero intercambio de intereses personales, o de la compra de las voluntades “políticas” con la moneda sucia de las prebendas.   

Julio Anguita, uno de los políticos más honestos y valiosos de los último tiempos, a la sazón Secretario General del PCE, va a pasar injustamente a la historia del juancarlismo por una sola coletilla (“programa, programa, programa”), que hizo las delicias tanto de los trepas sembrados en los pasillos y las antesalas del poder como de los graciosillos televisivos de turno.

Aunque la directriz no fuera igualmente atendida en todas las agrupaciones de Izquierda Unida de España, el estribillo de Anguita se lo tomaron muy al pie de la letra en el municipio malagueño de Ardales, donde el candidato comunista alcanzó la alcaldía con el apoyo de los concejales de Falange Auténtica. Eso sí que es pactar, ¿no les parece? Nunca pudo decirse que en este acuerdo, tenido por muchos contra natura, mediase otra cosa que una coincidencia programática entre ambas fuerzas políticas. Es decir: ni sobres, ni sillones, ni cargos, ni plazas de funcionario al peso, ni Mercedes-Benz, ni banquetes a costa del erario municipal. Tan sólo eso: “programa, programa, programa”.

Por el bien de las instituciones y del correcto funcionamiento democrático siempre es preferible el pacto al simple y puro “tamayazo”. Sin embargo, no puede dejar de subrayarse la extraordinaria versatilidad de los partidos a la hora de llegar a acuerdos, firmados o implícitos. Hay un tufo insoportable a intercambio de cromos en los juegos florales de esta primavera postelectoral. Aquí, el PP; allá, el PSOE. Éste tío es majo, pero a aquél no lo aguanto, aunque sean de la misma cuerda política.

¿Programa? Tentadora es la retórica política, pero no tanto como cuatro años de marisco gratis o un porcentaje de reserva en las plazas de opositores a funcionarios del Estado. Porque, como suele decirse en la Andalucía de Susana Díaz, no hay mayor suerte en la vida que tener un primo en la Junta.


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