José María Lizundia Zamalloa en www.Diariodeavisos.com

 

El sistema de garantías sobre el que está edificado nuestro Estado democrático, la confianza en las instituciones y la igualdad real de todos los ciudadanos ante la ley (Baltasar Garzón incluido) hubieran bastado, en cualquier país europeo, para dejar a cada poder actuar conforme a lo legalmente previsto. En la certeza de que los diferentes escalones procesales conjurarían cualquier eventual contaminación que afectase a la realización de la justicia.

De determinarse algún tipo de responsabilidad penal en el ejercicio de la función jurisdiccional por el juez Garzón, sería porque así lo habrían establecido los tribunales que lo juzguen. Como esto es imposible de rebatir, la hinchada arremolinada en torno a Garzón trata de deslegitimar el derecho constitucional a la tutela judicial efectiva de las acusaciones y el de la igualdad ante la ley, arrojando con ponzoña los peores baldones contra abogados, asociaciones e incluso magistrados designados que en absoluto estarían legitimados para hacer uso de sus derechos constitucionales. La ideologización de este avatar judicial debe situarse exactamente dentro de las coordenadas históricas, políticas e ideológicas de la izquierda española, reverdecidas por el socialismo en el poder y su política revisionista de la historia de España de acuerdo con el cainismo y sectarismo, apenas camuflado de humanitarismo repentino, con que entonces se desarrolló.

 

No es que nos hagan regresar al franquismo todos estos progresistas del mejor derecho, esta aristocracia moral siempre empeñada en la pedagogía gratuita, que se ha movilizado en la defensa preventiva de Garzón por medio de todo el guirigay de proclamas y adhesiones, sino que nos retrotraen directamente al oscurantismo medieval en el que estaban vigentes los privilegios procesales y la limpieza de sangre: las genealogías puras y las estirpes legítimas. Era cuando el derecho y la justicia dependían de la calidad de las personas, que es en lo que ahora mismo estamos. Evidentemente, abogados y asociaciones y magistrados biografiados con esmero carecen de toda legitimidad moral y legal, dado el estigma falangista y franquista -es decir, de estirpe impura-, para el disfrute de derechos u osar situarse al ras procesal de Garzón. El relativismo de la izquierda con la libertad se conocía, pero con la igualdad... A esa izquierda le resulta escandaloso que gente de tal calaña pueda intervenir y eventualmente alterar el linde que separa a la justicia solar que encarna Garzón de la ignominia de falangistas, franquistas, derecha extrema o tibios que osen emerger, aunque sea para acudir a los tribunales, desde el subsuelo de su lugar asignado.

Únicamente una izquierda que apuesta en cada telediario por la fotogenia y el estilismo, carente de toda representación de futuro, puede consagrarse a la espeleología por las simas de sus fantasmas y resabios más sombríos en busca de los nutrientes que en ningún otro lugar parece encontrar. Cuando todo ese mundo de sombras, ocultamientos, fantasmas y arteras manipulaciones -¡cómo será, que han sepultado hasta la tradición de izquierda más original y numerosa: el anarquismo de la CNT y la FAI (además del POUM)!- de la memoria histórica se desvanecía por su ofensivo sectarismo y la utilización política de la historia de todos, irrumpió el dios solar de la justicia universal para ocuparse personalmente de Franco y adláteres. Pero los rugidos y las ovaciones han dado paso ahora al desconsuelo. Adiós otra vez a la tragicomedia de la resurrección de Franco y el antifranquismo a cargo de la izquierda más sectaria, empecinada en ejercer de lo que parece mejor se le da: de tribunal moral de la historia, aunque un tanto a destiempo y sin ningún rubor, pero con mucho encono tan solo si se trata de españoles. Con el resto del mundo, suaves como la seda y cómicamente reverenciales.

No está de más recordar que de la vieja izquierda de la época del franquismo hubo una que evolucionó (la más inquieta) y otra que no. A la primera, afecta al espíritu crítico, le hizo mella los acontecimientos históricos vividos, las nuevas ideas y reflexiones abiertas, obviamente revisaron su pasado, pero no contra nadie, si acaso contra ellos mismos, como autocrítica.

Como se podía leer en un célebre blog infestado de antiguos izquierdistas, todos habían oído hablar de los asesinatos de curas, novicias y monjas en la II República, pero como quien lo recordaba era Fuerza Nueva, instintivamente no lo escuchaban. Todos también sabían algo de Paracuellos (nuestra Sebrenica) pero como quien lo invocaba era la extrema derecha preferían no oírlo. De igual forma todos tenían noticia de checas, asaltos a cárceles, milicianos, tribunales populares, cunetas y paseos registrados en el debe de la República histórica, pero el odio a Franco impedía cualquier reconocimiento de los hechos.

Gracias a la izquierda de aluvión que ostenta el poder, capaz de amalgamar la política de pasarela fashion y el viejo espíritu de jornalero y miliciano, en el que ha terminado por atornillarse para no ser barrida por su propia banalidad, con su ajuste de cuentas de la memoria histórica hemos podido descubrir por fin la realidad de la II República, sin la sombra de Franco que la tapaba ni la propaganda maniquea que la enaltecía hasta el disparate. No hay duda de que el tiro les ha salido por la culata. La reflexión sobre la república ya está haciéndose, pero ahora falta algo que teníamos pendiente y que es la de la izquierda española. Sin pensamiento político propio alguno fue fácil presa del estalinismo y el izquierdismo revolucionario que llegó a contaminar seriamente al socialismo, una izquierda revolucionaria capaz de alzarse en armas contra la propia República en 1934.

El sectarismo de José Luis Rodríguez Zapatero no es asunto circunstancial, producto sólo de su talento, sino -a ellos que les va tanto las estirpes malditas y las genealogía abominables- que arraiga en la propia tradición de la izquierda más ferozmente sectaria (y bruta) de toda Europa occidental.

Convendría ir dejando de lado las manipulaciones más groseras. A Franco no se le puede comparar con Hitler, pero muchísimo menos a la República con las víctimas de aquél o de Videla en Argentina, como si los judíos hubieran dispuesto alguna vez, o incluso los montoneros argentinos, de todo el aparato de Estado (que sí tuvieron Hitler y Videla) de la II República, tan generosa por cierto en el derroche de su poder, muy poco templado.

A la izquierda española con quien hay que compararla es con las homónimas más inmediatas, es  decir con las izquierdas civilizadas europeas. Con la  socialdemocracia alemana, austríaca, el laborismo británico, el socialismo francés, y con las referencias históricas más próximas y homologables. ¿Por qué el Frente Popular francés, que al igual que el español ganó las elecciones en 1936, gobernó sin mancharse de sangre? ¿Qué hubiera pasado si de la guerra civil  hubiera salido victorioso el frente popular? Una hipótesis siempre extrañamente omitida.

Garzón y la memoria histórica simbolizan a la izquierda española en sus dos grandes pilares maestros, de ahí tanta su efusión: el mesianismo y el sectarismo. Una izquierda no menos terrible que la derecha española, aunque mucho más desconocida.


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