Los denominados como “partidos emergentes” han decretado una caza de brujas para detectar y corregir la presencia de falangistas camuflados en sus listas electorales. No hace muchos días tuvimos ocasión de avisar a navegantes y madrugadores sobre las líneas rojas de la transversalidad de estas opciones “de nuevo cuño”. Parece que los últimos acontecimientos, recogidos por la prensa, vienen a darnos la razón.

Hay falangistas y, también, personas que confunden su particular caco mental con el Nacionalsindicalismo. Para arrojar luz sobre esta cuestión, y para facilitar la tarea a la policía del pensamiento encargada de velar por la pureza ideológica de los candidatos de cada partido, facilitamos a continuación una escueta guía para identificar falangistas (auténticos) en las listas electorales.

  1. El auténtico falangista es un patriota, pero no es un nacionalista. Pone más interés en la posibilidad de una España futura que en la España del pasado. Comprende que, en un régimen democrático, la continuidad de un país y de un Estado depende, en última instancia, de un recuento de votos. Si entendiera que España es eterna, o irrevocable, no tendría por qué preocuparse. En el momento de la secesión algo así como una lógica cósmica, o una ley cuántica, retrotraería los acontecimientos al punto de partida. Como existen muy pocos indicios que aseguren la presencia de tal fuerza, el falangista (auténtico) asume la necesidad de reinventar y fortalecer la Patria día a día, como única garantía de supervivencia. Por eso, se lo distingue muy porque habla de España no como un “qué”, históricamente dado, sino como un “para qué”, en permanente construcción política.

  2. El falangista (auténtico) se deja reconocer con facilidad por mentar a menudo la Dignidad del Hombre –sujeto universal- y de la Persona –sujeto temporal, social-. Si el nombre no hubiese sido usurpado en el pasado por una secta, el suyo bien podría denominarse como Partido Humanista. Estos principios determinan su cargante insistencia en la Justicia Social; su rechazo a cualquier forma de racismo, sexismo o clasismo; o su negación frontal a toda forma de violencia. El auténtico falangista es un tipo animado por una poderosa convicción ética. El Hombre es un ser que la naturaleza y la cultura han modelado digno y libre. Afirma, por ejemplo, que la tarea de la política es diseñar un modelo de Estado y de sociedad animados por el sumo respeto a esa doble condición humana. Su fe en estos principios llega, incluso, a permear su comportamiento público y su estilo personal.   

  3. El auténtico falangista es, más que un demócrata, casi un libertario. Se subleva ante las actitudes que, emanadas desde el poder, consideran a la Persona como un individuo adolescente, objeto de un trato paternalista e incapaz de tomar decisiones y de dirigir su vida por sí sólo. Rechaza el gregarismo social y ve en la democracia liberal un estadio intermedio hacia un sistema de representación mucho más directo y real. La imagen de una sociedad uniformada, ordenada, encasillada y unánime se erige en su peor pesadilla. Antes bien, piensa en un sistema futuro que ponga al alcance de la Persona todos los medios materiales para su pleno desarrollo, como paso ineludible para un nuevo renacimiento cultural y, por qué no decirlo, para un resurgimiento de lo espiritual, entendiendo por tal todo cuanto en el hecho humano trasciende los márgenes de lo meramente material. Estas son las bases sólidas sobre las que pretende construir el futuro de la democracia.

  4. El falangista (auténtico) es un revolucionario. No le satisfacen los programas de los partidos, que considera poco ambiciosos para enfrentar los males que aquejan a la sociedad desde su misma raíz. No sólo aboga por una auténtica democracia política, sino por una democracia económica donde el trabajador sea dueño de los medios de producción. Estos falangistas son intransigentes con el capitalismo a carta cabal, y no ven en las propuestas de los movimientos reformistas sino pequeños tratamientos paliativos de los síntomas, incapaces de atajar el origen último de la enfermedad social. Sin embargo, su compromiso ético con el Hombre y la Persona los mueve, en ocasiones, al posibilismo. Intentan ponerse al servicio de la sociedad formando parte, por lo general muy activa, de algunas de las opciones políticas al uso. Pero no obtienen de ello otro rendimiento que el desengaño y la frustración personal. Allí donde haya un individuo profundamente descontento con la situación puede desenmascararse, con facilidad, a uno de estos auténticos.

Sólo se trata de una guía rápida. El falangista (auténtico) es una figura rica en detalles y matices. Pero puede servir para arrojar de las listas electorales a estos individuos indeseables, imbuidos de un patriotismo dinámico y solidario; con una visión ética de la Dignidad y la Libertad del Hombre y de la Persona; convencidos de la posibilidad de una democracia sin intermediarios; y ciertos de la necesidad y la posibilidad de hacer una Revolución que remueva el actual modelo de producción económica.    

Debemos advertir, no obstante, que la guía sólo es efectiva en el caso de auténticos falangistas pues, como decimos, no son todos los que están en el mismo gueto donde se les intenta arrojar y confundir con lo que no son. 


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