A punto de cumplirse tres meses del desafío soberanista de la Generalitat de Cataluña contra el Estado español, Falange Auténtica percibe una clara voluntad en el gobierno de Rajoy para dejar impune la grave ofensa infligida por el presidente de esa Comunidad Autónoma al conjunto de los españoles.

En opinión de Falange Auténtica, resulta especialmente significativo que los acontecimientos de aquellas humillantes jornadas hayan tenido como única consecuencia la dimisión del Fiscal General del Estado, un excelente funcionario público caracterizado por su obstinada independencia del poder político.

Como se recordará, Torres-Dulce fue el encargado de suplir la falta de arrojo del gobierno central para enfrentarse a las bravatas de Mas, con la interposición de una serie de querellas que, aunque insuficientes por la magnitud de la afrenta, aparentaban al menos una cierta capacidad de reacción del estado de derecho frente a la involución constitucional pretendida por CiU y ERC en Cataluña.

Artur Mas y Mariano Rajoy

Falange Auténtica ya exigió, en su momento, responsabilidades políticas y penales por la organización, publicidad y financiación pública de la pantomima del 9N. El Partido Popular ha preferido jugar, no obstante, la baza de la impunidad. Con una miopía rayana en la estulticia esperaba que, una vez disipado el eco mediático de la afrenta, pareciera que la rebelión del gobierno autónomo de Cataluña nunca tuvo lugar. Un cálculo que sólo se ha cumplido a medias, ya que la dulce sensación de triunfo y de legitimidad que la atonía de Rajoy ha dispendiado entre los promotores y partidarios de la independencia, por vía de la impunidad, supone una dificultad añadida para quienes defendemos la integridad territorial de España.

Crecidos ante la inexistente reacción de la ley, los separatistas pueden apuntarse el éxito rutilante de haber tumbado por K.O. técnico al gobierno de Madrid. Empero, aunque nunca contó el soberanismo catalán con un aliado mejor que la indolente apatía de Rajoy y de su partido, cada vez más impopular, tampoco sería ecuánime restar méritos a la perspicacia de sus estrategas. Porque fue la gente de Artur Mas la primera en percibir que la impunidad constituye la tónica general del marianismo en el poder.

La impunidad para los terroristas, excarcelados por una ingeniería jurídica que el Estado podría haber previsto y evitado hace años pero que acepta, definitivamente, la hoja de ruta de los asesinos para terminar con el mal llamado “conflicto vasco”.

La impunidad para los delincuentes de guante blanco, con la amnistía fiscal de Montoro que les perdonaba sus pecados con Hacienda a cambio de una penitencia porcentualmente simbólica sobre lo defraudado.

La impunidad para los explotadores laborales y salariales, gracias al laminado y desmontaje de las leyes “franquistas” de protección a los trabajadores y fomento de la justicia distributiva, vergüenza y escarnio de nuestra izquierda más progre y radical.

La impunidad para los amigos del poder, sin distinción de credo ni ideología, que engrosan patéticamente las listas de indultos firmados por el tándem Zapatero-Rajoy en la última década.

Ante este panorama, ¿qué reacción podrían temer Mas y Junqueras frente a su arremetida contra la legalidad constitucional? Apenas, la tímida reacción de un Fiscal General que no habría de demorarse en abandonar y tirar la toalla ante la consigna suprema de la impunidad.

“Que Dios os lo demande…”

 

 

 

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