¡Jamás! dijo el general Prim, presidente del Consejo de Ministros hace más de un siglo y unos días después era asesinado, degollado en su casa, tras salir vivo, aunque en pésimas condiciones, de la pólvora disparada a quemarropa, cuando se dirigía a su domicilio por uno de los tres itinerarios posibles. En los tres había anarquistas a sueldo esperándole y, a pesar de haber recibido amenazas de muerte, el responsable de su seguridad, el regente Serrano, no tuvo la acertada idea de custodiar las señaladas calles con algún que otro policía. Decir que los anarquistas "pasaban por alli".

Unos años después, a finales del siglo XX, otro ministro de la Gobernación, Arias Navarro, -convertido en presidente tras el rotundo fracaso de su gestión, proteger al presidente, actuaba de igual forma en otro magnicidio; el turno del presidente Carrero Blanco.

La memoria de Prim ha tenido que esperar 140 para que una investigación exhaustiva, recogida en el libro “Matar a Prim”, le haga justicia. El viejo liberal puede ya descansar en paz, debido a que su momia, y cientos de papeles olvidados por historiadores de una y otra época, y de todos los colores, a gusto del consumidor político del momento, han dado con los hechos y las huellas que, por suerte, deja tras su paso la verdad.

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“Un fantasma recorre Europa…” Así se expresaban Marx y Engels en El Manifiesto Comunista. Un fantasma aterrador, una visión  horripilante, a cuyo paso desencarnado todas las fuerzas de la reacción se aprestaban -codo a codo- a cerrarle el paso. El socialismo que hoy nos toca en suerte conserva ciertas trazas ectoplasmáticas en su ADN. Sigue siendo fantasma, sí, pero en el sentido menos sobrenatural posible. Fantasma… de fanfarrón, presuntuoso o falso. Espectro también de sí mismo, de lo que llegó a suponer en su edad de la inocencia: la esperanza en la igualdad social absoluta entre todos los hombres.

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Hay muchas formas de entender el nacional-sindicalismo.

Una de ellas es la postura testimonial. Consiste básicamente en la defensa a ultranza de todo el aparato teórico planteado por José Antonio durante la etapa fundacional, generalmente con la exclusión de las aportaciones debidas a quienes compartieron con él aquella tarea histórica. Esa fidelidad a la letra por encima del espíritu de las palabras está abocando a un distanciamiento entre el nacional-sindicalismo y la sociedad. Sencillamente por el hecho de que la España de hoy se asemeja muy poco a la que ellos vivieron, y padecieron, en la década de 1930. El testimonio falangista es el conservadurismo falangista y para él no queda otro horizonte que mantener alzada la bandera sin reparar, quizás, en que el aludido alejamiento de la realidad social hace que cada vez sean menos las manos disponibles para garantizarlo.

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En el terreno de los hechos, la Falange y el Nacional-sindicalismo han demostrado no ser categorías consustanciales ni inseparables. Así, se da la persistencia de un sentimentalismo falangista sin vínculos directos con la filosofía política y económica que inspira el Nacional-sindicalismo. Y tampoco rechina ya la posibilidad de un Nacional-sindicalismo desapegado por completo de las formas del falangismo arcaico.

El concepto de autenticidad falangista nace en este contexto polémico, precisamente, pues reivindica el vínculo indisoluble entre el continente (que es la Falange) y el contenido (la filosofía política y económica del Nacional-sindicalismo). En consecuencia, una auténtica Falange no sería aquella que reproduce sin cansancio aparente las formas, tesis y estrategias de la etapa fundacional sino aquella otra que se dispone exclusivamente al servicio de la Revolución Nacional-sindicalista. Porque, como diría Giuseppe Mazzini, un verdadero revolucionario no puede permitirse el lujo de otros compromisos. La Falange, en definitiva, es propensa a la aceptación de cualquier cambio, incluso de nombre, porque es una forma y toda forma es susceptible al cambio. Su autenticidad depende del grosor del cabo que la mantiene unida al fondo, invariable, que es la esencia nacional-sindicalista.

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Por Mendelevio

Ciudadanos y Podemos han abierto el melón de la reforma electoral. Desgraciadamente no buscan más democracia, sino más parcelas de poder. No les mueve el sentido de Estado, ni el patriotismo… sino interés partidista.

Podemos quiere bajar la edad de voto a los 16 años. ¿Culto a la juventud o estudio demoscópico de su electorado potencial?  Mucho nos tememos lo segundo. A esa edad no tienen responsabilidad penal plena sobre sus actos, pero si les quiere dar derechos políticos plenos. Disentimos de ese populismo que sólo habla de derechos, pero no de deberes y responsabilidades. Aunque legamente están en edad de trabajar socialmente, por la ampliación  de los estudios y por el paro juvenil, los jóvenes que son económicamente independientes son una minoría…

Ciudadanos y podemos buscan un sistema más proporcional. En el caso de las elecciones autonómicas catalanas llevaría a disminuir la sobre representación de la Cataluña rural y ampliar la de la Cataluña urbana. Que los escaños en Gerona no cuesten menos votos que los escaños en Barcelona. En el caso nacional periódicamente se hacen correcciones, bajando la representación de las provincias menos pobladas (Teruel, Soria, Cuenca…), hasta que llegue a un mínimo de dos diputados. No creemos que dejar fuera del Congreso a estas provincias sea profundizar en la democracia ni en la vertebración nacional.

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Falange Auténtica se expresa a través de sus comunicados y campañas y de los editoriales de esta web. La organización no hace necesariamente suyas las opiniones vertidas en los artículos firmados.

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