Se aprecian falsedades en la polémica generada en torno al salario del presidente del Gobierno y de sus ministros. Especialmente, cuando se dice que sus estipendios alcanzan una cuantía menor a la de algunos de sus subordinados.

¿Qué esperaban? Es ésta una técnica de gestión habitual en los nuevos Recursos Humanos inspirados en el neoliberalismo, la ideología suscrita por el partido en el poder. Todas las grandes empresas del entorno capitalista recurren a ella al resultar una ficción casi pareja en rentabilidad a la contratación de becarios con una cualificación sobresaliente.

Parece, por ello, sorprendente que estas mejores prácticas del entorno empresarial levanten suspicacias cuando se aplican en el sector público. Parecería confirmarse así el principio según el cual no hay mejor defensordel liberalismo que quien vive al amparo de una nómina del Estado, al abrigo de las fluctuaciones de los mercados. 

En el caso de los políticos, la asimetría salarial entre jefes y subordinados a favor de los segundos resulta, además, ficticia. El cómputo de las retribuciones a Rajoy y a su equipo prescinde de las infinitas regalías, gratuidades, exenciones y cauciones inherentes al puesto. Cada uno de los miembros del Gobierno se pasea por España, a lo largo de todo su mandato, sin la necesidad de aproximarse a un cajero automático a menos de cien metros.

Mención aparte merecen, claro está, las jubilaciones doradas a que se hacen acreedores, a cuenta del propio Estado o de las empresas privadas ávidas de brindarles acogida tras el cese de su mandato, en ese carrusel de influencias donde el político ya no se diferencia del hombre de negocios ni viceversa.    

Y todo ello, sin la angustia derivada de una retribución dependiente del cumplimiento de los objetivos, por lo general muy exigentes, que la empresa privada impone a sus directivos. Léase, en este caso, del cumplimiento del programa electoral.

Un falso debate, como decimos, que no obstante ofrece la posibilidad de abrir alguna reflexión sobre la eventualidad de cubrir los niveles más altos de la administración con personal funcionario, en lugar de recurrir a los poco transparentes nombramientos políticos; o de estipular un salario genérico para todos los altos cargos procedentes del ámbito privado, con una oferta que incremente en un 10% el montante de la última nómina ingresada por su empresa de origen. Al contrario de lo que teme el expresidente Aznar, en Falange Auténtica opinamos que, de este modo, en lugar de espantar el talento se aleja de lo público a quienes carecen de una verdadera vocación de servicio. Y  se espanta, de paso, a tanto chorizo como anda por ahí suelto.


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