Miguel Ángel Loma

Después del referéndum que se han organizado los llanitos en Gibraltar, cualquier grupete de okupas que se apodere de una casa, de una finca o de un terrenito ajeno, puede considerarse legitimado a montarse otra consulta de similar naturaleza, y así, tan democráticamente, decidir entre ellos solitos a quién pertenece la soberanía del suelo ocupado.

Comprendo que no estamos ante una identidad de situaciones, porque cuando los okupas invaden un inmueble lo suelen hacer de tapadillo y por la grosera razón de pernoctar bajo un techo más o menos firme, sin la grandeza que supone expulsar por las armas a sus legítimos habitantes invocando el sagrado nombre de la paz. También percibo que los okupas carecen de visión mercantil y que si llegan a montar un chiringuito comercial en la finca ocupada, suele ser algo bastante pobretón que no da ni para comprar champú, y que dista mucho de constituir un respetable paraíso fiscal.

Pero reconozcamos que tampoco cuentan los okupas con la poderosa protección internacional que otorga el cobijarse bajo determinadas banderas, ni se les permite el progreso que proporciona el contrabando, las sociedades fantasmas y otros negocietes oscuros, ni gozan de la solidaria colaboración de los legítimos propietarios como la que tan gentilmente les ofrecemos los españoles a los llanitos: guardando cola a sus puertas para engordarles los bolsillos, abriéndoles la verja de par en par para que puedan pasearse en sus cochazos por nuestras autopistas, poniéndoles a su disposición campos de golf y lujosas urbanizaciones donde se pegan los homenajes que se pegan a base de jamón (de pata black, of course), pescaíto frito y langostinos; primitivos productos de una primitiva cultura y de una gente tan primitiva como la nuestra, que todavía anda alegando zarandajas jurásicas sobre el cumplimiento de un tratado internacional y todo eso del honor de los compromisos; cuando ya se sabe que no hay más honor que el que da la pasta, y de ese honor tienen mucho los llanitos, sólo hay que ver sus lujosos chalés en Sotogrande o en la Costa del Sol. No obstante, y pese a estas insignificantes diferencias, considero que si los okupas gozaran de las mismas facilidades y privilegios con los que cuentan los llanitos, lo mismo también ganaban por goleada su referéndum y tampoco querrían devolver la finca. Si yo fuera Aznar, encargaría a Boyer y a toda esa gente tan inteligente de la macrofundación para el Análisis y los Estudios Sociales, que investigasen por qué extraña razón los llanitos son tan unánimes en su negativa a pertenecer al estupendísimo y superguay Estado pluriplural español, envidia de Europa y paraíso de los más inquietos de popa.


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